Futuros
Reapropiarnos de la tecnología para sostener la vida en común desde los cuidados y la creatividad democrática
Es tarde. Alguien abre una conversación con una inteligencia artificial porque necesita hablar. En otra casa, una mujer termina de cuidar y descubre que ya no llegará a la reunión del barrio. Un grupo de jóvenes intenta entender por qué una aplicación que promete conectarles les hace sentirse solos. En algún lugar, una comunidad pregunta cuánta agua necesitará el centro de datos que quieren construir junto a sus casas.
¿Qué tienen que ver estas escenas con la democracia? ¿Quién puede detenerse a pensar, encontrar apoyo, hacerse escuchar e intervenir en las decisiones que afectan a su vida?
Cuando pensamos en el mañana, resulta cada vez más difícil separar nuestros deseos de una sensación de vértigo. Se nos promete una vida más sencilla mientras nos cuesta encontrar tiempo para sostenerla. Tenemos herramientas para comunicarnos a todas horas y, sin embargo, encontrar compañía sigue siendo una necesidad pendiente. Podemos producir respuestas en segundos, pero necesitamos espacios donde detenernos a pensar qué preguntas merecen una conversación.
En este tercer número de Wilder Journal nos acercamos a esas AngustIAs Democráticas. La inteligencia artificial está en el centro de muchas de ellas, aunque sus raíces atraviesan problemas que conocemos desde hace tiempo: la desigualdad, la soledad, la distribución de los cuidados y la distancia entre las decisiones que afectan a nuestras vidas y nuestra capacidad para intervenir en ellas.
- ¿Qué podemos construir desde ahí?
- ¿Cómo transformar la incertidumbre en una oportunidad para organizarnos?
- ¿Es posible aprender y decidir colectivamente?
Desde Platoniq trabajamos con una convicción: la capacidad de imaginar otros futuros crece cuando podemos experimentar cómo sería vivir de otra manera. Por eso creamos espacios donde una preocupación puede convertirse en una escena, una experiencia puede cuestionar una norma y una conversación puede abrir una propuesta de cambio. La creatividad nos permite acercarnos a aquello que todavía cuesta expresar y ensayar respuestas que aún no tienen un lugar en las instituciones.
Este trabajo cobra un sentido especial junto a niñas, niños y jóvenes. A menudo hablamos de su futuro sin preguntarles cómo están viviendo el presente. Nos preocupan sus hábitos digitales, su salud mental o su relación con la política, pero les ofrecemos pocas oportunidades para intervenir en las decisiones que dan forma a esas experiencias.
Escucharles exige tiempo y disposición para dejarnos sorprender. Significa reconocer el conocimiento que hay en sus contradicciones: disfrutar de una tecnología y sentirse atrapado por ella; encontrar apoyo en una pantalla y echar de menos a alguien al otro lado; utilizar una IA para estudiar y preguntarse si se está aprendiendo. En esas experiencias hay preguntas sobre la autonomía, la pertenencia y el poder que merecen formar parte del debate público.
Cuando llevamos la deliberación a las aulas o abrimos espacios de creación con jóvenes, ponemos en juego la posibilidad de ejercer la democracia en lo cotidiano. Escuchar otra perspectiva, disentir, proponer una regla, revisar una decisión o descubrir que un malestar también es compartido son experiencias que construyen capacidad política. Para que esa capacidad crezca, las personas adultas y las instituciones tenemos que estar dispuestas a compartir decisiones y responder a lo que emerge.
¿Qué cambia cuando quienes suelen ser objeto de protección pueden participar también en la definición de aquello que necesitan?
La pregunta se extiende mucho más allá de la edad. Atraviesa el trabajo con entidades sociales, comunidades y personas cuyas experiencias encuentran dificultades para ser reconocidas. Nos obliga a revisar quién puede llegar a una reunión, quién dispone del tiempo necesario, qué formas de expresión aceptamos y qué ocurre con las aportaciones una vez termina un proceso participativo.
Aquí situamos los cuidados. En la organización del tiempo, en los recursos que hacen posible estar, en la confianza para hablar y en la libertad para guardar silencio. En la posibilidad de participar sin tener que exponerse permanentemente, justificar el propio dolor o asumir en solitario las consecuencias de hacerse visible.
Cuidar la democracia exige atender a las relaciones que la sostienen y repartir el trabajo que permite que existan. También implica reconocer el conflicto. Un espacio democrático necesita poder acoger preguntas incómodas, diferencias persistentes y experiencias que cuestionan sus propias reglas. La escucha adquiere valor político cuando permite que algo cambie, también en quienes convocamos y facilitamos.
Esta mirada orienta nuestra relación con la tecnología. Nos interesa qué capacidades amplía, qué dependencias genera y cómo distribuye la autoridad. ¿Nos ayuda a construir criterio? ¿Favorece el encuentro con otras personas? ¿Podemos discutir sus objetivos, modificar sus reglas y decidir cuándo prescindir de ella?
Las respuestas requieren una imaginación que vaya más allá de lo que las plataformas nos ofrecen. Podemos crear infraestructuras donde las comunidades gobiernen sus relatos, donde compartir conocimiento fortalezca los vínculos y donde la diversidad no tenga que desaparecer para producir una síntesis. Podemos preguntarnos qué significa diseñar desde los cuidados y qué compromisos materiales necesita esa decisión.
Porque el mundo digital también está hecho de cuerpos, trabajo, agua, energía y territorio. Los futuros que imaginamos tienen consecuencias sobre otras vidas. Ampliar nuestra capacidad de decidir supone reconocer esas relaciones y abrir las decisiones a quienes soportan sus costes.
Este número nace de ese cruce entre creatividad, cuidados y poder democrático. Queremos explorar cómo recuperar tiempo para pensar juntas, cómo construir vínculos que sostengan la acción colectiva y cómo convertir los conocimientos de la vida cotidiana en capacidad de transformación.
En la edición anterior invitábamos a imaginar futuros comunes. Ahora nos preguntamos por las condiciones que harán posible habitarlos. Hay mucho por ensayar: otras formas de aprender, de acompañarnos, de gobernar nuestras herramientas y de compartir responsabilidades.
El futuro se va formando en esas prácticas. En una niña que descubre que su pregunta importa. En un grupo que consigue nombrar un problema compartido. En una comunidad que se organiza y encuentra la forma de cambiar una decisión.
Hacer habitable el futuro empieza por construir, desde ahora, la capacidad de cuidarlo y decidirlo en común.
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*El artwork de este número corre a cargo de Carolina Luciana Roncoli